Compras consiguió un mejor precio y cambió al proveedor de ajonjolí sin avisarle a nadie más que a almacén. El nuevo proveedor procesaba también cacahuate en la misma línea, cosa que el anterior no hacía. El análisis de peligros seguía diciendo que el único alérgeno del proceso era el ajonjolí mismo, la etiqueta no declaraba trazas de cacahuate y así se produjo durante cuatro meses. No falló la técnica: el equipo de inocuidad sabía perfectamente qué hacer con esa información. Falló que la información nunca le llegó.
La ISO 22000 parte de una premisa: la inocuidad se asegura a lo largo de la cadena alimentaria, no dentro de una sola planta. Un peligro puede originarse dos eslabones antes y materializarse dos eslabones después, y el único mecanismo que conecta esos eslabones es información que viaja. Por eso la norma exige comunicación en dos direcciones y en dos planos —externa, con el resto de la cadena, e interna, hacia el equipo de inocuidad— y pide que lo comunicado se use: la información obtenida por comunicación externa es entrada para la actualización del sistema y para la revisión por la dirección.
Hay un detalle del requisito que casi siempre se omite: la norma pide designar a las personas con responsabilidad y autoridad definidas para comunicar externamente cualquier información relativa a la inocuidad. Si en una crisis cualquiera puede contestarle al cliente o a la autoridad, la organización no tiene comunicación externa: tiene versiones.
Para adentro, el requisito es más concreto de lo que se cree. La organización debe asegurarse de que el equipo de inocuidad se informe oportunamente de los cambios en, entre otros: productos nuevos; materias primas, ingredientes y servicios; sistemas y equipos de producción; instalaciones, ubicación de equipos y entorno; programas de limpieza y sanitización; sistemas de empaque, almacenamiento y distribución; competencias del personal y asignación de responsabilidades; requisitos legales y de clientes; peligros nuevos conocidos y sus medidas de control; y consultas o quejas de partes externas. La lógica es una sola: cada elemento de esa lista puede invalidar una suposición del análisis de peligros, y el equipo no puede actualizar lo que no sabe que cambió.
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El caso del ajonjolí es el arquetipo: el cambio ocurrió en compras, el impacto era de inocuidad y el canal entre ambos no existía. El mecanismo que cierra ese hueco no es un correo de buena voluntad, sino un control operativo: el cambio de proveedor, de ingrediente o de equipo no procede sin la revisión del equipo de inocuidad, igual que una orden de compra no procede sin firma de finanzas.
Esta brecha crece con la complejidad del abasto. Un fabricante mediano de moles, salsas o botanas del centro del país puede depender de decenas de proveedores pequeños de chiles, especias, nuez y ajonjolí, muchos de ellos estacionales y sin sistema formal propio, con lo que cada temporada trae cambios de origen que alguien tiene que capturar y evaluar. Diseñar esos canales —qué avisa el proveedor, qué revisa el equipo, qué dispara actualizar el análisis— es parte central de un proyecto de Consultoría ISO 22000 en Puebla.
La ISO 22000 trata la comunicación como una medida de control más: define con quién se habla hacia afuera, qué cambios deben llegarle al equipo de inocuidad hacia adentro, y exige que lo comunicado alimente la actualización del sistema. Un análisis de peligros técnicamente impecable con canales de comunicación rotos es un análisis de otra planta: la que existía cuando se escribió.
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